cita con una dama (relato)
Maloney quiso huir a su Destino, Pero este se negó a ser esquivado.
Maloney salió del hospital. Andaba aún vacilante. Al ir a cruzar la calle miró atentamente a ambos lados. Pasaban muy pocos autos, pero el joven iba con mucho cuidado. Cuando la señal de tráfico le mostró la luz verde, Ed Maloney se dispuso a cruzar la calle.
Nadie, pudo decir exactamente de dónde llegó el auto. Pareció como si se materializase a pocos metros de Maloney. Llegaba a una velocidad fantástica. Iba guiado por una mujer, y se precipitó sobre el joven. Los transeúntes lanzaron un instintivo grito de advertencia. Maloney se echó hacia atrás. Lo hizo a tiempo, pues el coche le rozó a pocos centímetros, y sin aminorar la marcha, se perdió entre el tráfico. Desapareció igual que había llegado.
Ed Maloney entró en el primer bar que halló a su paso. Llevaba dinero, mucho dinero. Todo el que le habían pagado por el seguro de vida de su esposa.
El recuerdo le hizo estremecer. Estaba débil. El sabor del gas parecía aún subirle desde el estómago. Los periódicos al hablar de su caso, se refirieron a él como un «pacto de muerte». Su roce tan próximo con ella lo dejó lleno de miedo. Faltó muy poco para que el suicidio fuese completo, ya que Ed Maloney nunca pensó en morir hasta que Mary le habló de ello.
Se bebió de un trago el whisky que le sirvieron y pidió otro. Por milésima vez se dijo que él no había matado a Mary. Lo único que hizo fue facilitarle el camino para abandonar la vida. Lo demás, el escenario, fue preciso. De nada hubiese servido que él muriese también. No habría podido hacerle compañía en la tumba. ¿Por qué debía él imitar la locura de su esposa, que se había cansado de vivir en la forma que vivían?
No era agradable recordar la vida durante los últimos meses. La mala suerte le había perseguido incansable, impidiéndole obtener ningún empleo. Tuvo que vivir de lo que Mary ganaba. Luego también ella tuvo que dejar el empleo. Faltaba solo un mes para que naciese el niño.
—No estoy dispuesta a tener ese hijo —había dicho Mary, con extraño brillo en los ojos—. No quiero traer a un mundo así a un hijo mío. Antes me mataré.
Pero el morir los dos no hubiese arreglado nada.
Maloney se repitió esto, mientras encargaba otro whisky.
A sus oídos llegó su propia voz diciendo, insidiosamente, a su mujer:
Toma esto. Son píldoras para dormir. Así no sentiremos la muerte. Estando dormidos será más fácil.
Mary aceptó las píldoras sin hacer ningún comentario. Él tiró disimuladamente las suyas.
¡Qué inmóvil había permanecido Mary mientras la habitación se iba llenando de gas! Él había permanecido con la boca pegada a una pequeña abertura de la ventana, esperando que los vecinos observaran él olor a gas. Cuando empezasen a golpear la puerta iría a tenderse al suelo.
Mary estaba completamente; inmóvil. Su pecho ya no se agitaba con la respiración.
—Ya esta muerta —había pensado.
Y de pronto la vio levantarse de la cama y correr hacia él, hacia la ventana. Quiso evitarla, y no pudo. Mary no le veía, pero chocó con él, haciendo que se hiriese la cabeza contra el antepecho de la ventana.
Por eso los vecinos los hallaron a los dos tendidos en el suelo.
—No creo que se salve —dijo el médico que los asistió en el hospital—. La mujer ha muerto ya.
Y con el dinero de la muerta estaba pagando ahora la bebida.
Era ya de noche cuando abandonó el bar. Llevaba mucho alcohol dentro, pero aún podía andar con bastante firmeza. Muy despacio, descendió a la estación del «metro». Se dirigía al nuevo piso alquilado. Por nada del mundo hubiese vuelto a la otra casa.
El andén estaba lleno de gente. Maloney se colocó bastante atrás. Alguien debió de empujarle, porque se encontró yendo hacia delante, hacia el borde del andén.
Frío sudor perló su frente. Seguían empujándole. Faltaban solo unos metros para llegar al borde, y en el túnel sonaba muy próximo el estruendo de las ruedas del tren que se acercaba.
Empezó a caer e intentó inútilmente agarrarse a alguien. Un empleado le sostuvo a tiempo, librándole por unos segundos de la muerte.
No quiso subir al tren. Retrocedió en busca de la salida, preguntándose quién le habría empujado. ¿Acaso aquella mujer que se alejaba también? Solo pudo echar una breve mirada a su rostro. Pero un hombre, junto al cual pasó en aquel instante la mujer, empezó a temblar, exclamando:
—¡Qué ráfagas tan frías soplan en estas estaciones!
Un miedo irracional se apoderó de Maloney. Salió del «metro» y corrió a otro bar. Bebió copa tras copa.
—Amigo, si sigue usted bebiendo así le aconsejo que coma algo —le dijo el camarero.
Maloney siguió la indicación. Cuando cerraron el bar, el camarero le ofreció.
—¿Quiere que llame un taxi?
—No, no. Gracias. Estoy bien. Prefiero andar...
Salió del bar. Al llegar a la esquina vio detenido un autobús. Subió a él. Los conductores de autobuses van con más cuidado que los de taxi.
Antes de que se diera cuenta de ello, el vehículo se puso en marcha. Maloney se dio cuenta de que no era el único pasajero. Una mujer se sentaba en el otro extremo del coche. Al verla, él se sobresaltó. Sin embargo, no pudo dejar de mirarla, atraída como por una fuerza hipnótica.
Le habría sido imposible decir exactamente su edad. ¿Diecinueve años? ¿Veintinueve? ¿Treinta y nueve? Tenía los pómulos salientes e iba chillonamente pintada. Era repugnante y sin embargo resultaba atractiva. Como...
Lentamente, la mujer volvió la cabeza y le miró, dirigiéndole una sonrisa. Maloney apartó la mirada. Se sentía helado hasta la medula de los huesos. Empezaron a castañetearle los dientes.
El autobús seguía, sin vacilar, su camino.
La mujer se había aproximado más. Le miraba con ansia, como con deseo.
Un pánico loco se apoderó del joven.
—¡Pare! —ordenó al conductor—. ¡Pare! ¡Quiero bajar!
El frenar del coche le precipitó hacia delante. Abrió la puerta y bajó como si escapara de un terrible peligro.
Quedó solo en la acera, viendo cómo se alejaba el autobús.
La mujer había desaparecido. No iba en el autobús ni estaba junto a él.
Fue entonces cuando un camión salió a toda marcha de una calle lateral y pasó ante el autobús, no chocando con él por menos de un metro. A no ser por la parada de unos segundos antes, el autobús se habría encontrado de lleno en el camino del potente camión.
Un terror pánico se apoderó de Maloney. Siguió a pie el camino hasta su casa, observando bien las calles antes de cruzarlas.
El encargado de los ascensores se había marchado ya. Tuvo que subir a pie. Iba muy despacio, diciéndose que estaba borracho y que veía visiones. El ejercicio le hizo latir con mucha fuerza el corazón. Le dolía un poco cuando llegó a la puerta de su nuevo alojamiento.
Cabecera
Entró, cerró tras él y dio la luz. Las lámparas brillaban opacamente. Los rincones de la habitación estaban llenos de sombras. Miró hacia un lado, hacia el gran sofá, y se dirigió, vacilante, hacia él.
Fue entonces cuando vio por primera vez a la mujer. Estaba en el umbral de la puerta, mirándole fijamente. Él se sentía demasiado cansado para huir. Además, le atraía la horrible fealdad de aquella mujer.
—Me ha costado mucho alcanzarte —dijo, la recién llegada—. Has luchado mucho por evitarme. Pero yo siempre acudo a aquellos que me citan. Debiste haberlo comprendido.
—¿Cita? —tartamudeó Maloney—. No tengo ninguna cita con usted...
La luz era tan tenue que casi no podía ver las paredes de la estancia. En cambio, veía claramente a la mujer.
—¿No te acuerdas? —siguió esta—. Tú y Mary me citasteis. Pero solo acudió Mary.
—Entonces... eres... eres...
Por un momento el terror fue más grande que el agotamiento. Lanzó un grito horrible y precipitose hacia la puerta. No pudo hallarla. La luz era debilísima. Solo había sombras. Las sombras le trastornaban, le envolvían, llenaban la habitación y al fin vencieron a la luz.
—Es el hombre que intentó suicidarse hace un mes —dijo el médico—. Hoy era el primer día que salía a la calle. Se ha emborrachado y luego ha tenido que subir a pie hasta un quinto piso. Tenía el corazón demasiado débil. No ha podido resistir el choque.
—De todas formas no se fue sin luchar —replicó el conductor de la ambulancia—. Los vecinos dicen que chilló, que se le oía desde los sótanos.
—Creí que le habíamos salvado —murmuró el médico—. Casi creería en el suicidio.
—No, más bien creo que la Muerte no quería soltarlo —rio el conductor.
Maloney salió del hospital. Andaba aún vacilante. Al ir a cruzar la calle miró atentamente a ambos lados. Pasaban muy pocos autos, pero el joven iba con mucho cuidado. Cuando la señal de tráfico le mostró la luz verde, Ed Maloney se dispuso a cruzar la calle.
Nadie, pudo decir exactamente de dónde llegó el auto. Pareció como si se materializase a pocos metros de Maloney. Llegaba a una velocidad fantástica. Iba guiado por una mujer, y se precipitó sobre el joven. Los transeúntes lanzaron un instintivo grito de advertencia. Maloney se echó hacia atrás. Lo hizo a tiempo, pues el coche le rozó a pocos centímetros, y sin aminorar la marcha, se perdió entre el tráfico. Desapareció igual que había llegado.
Ed Maloney entró en el primer bar que halló a su paso. Llevaba dinero, mucho dinero. Todo el que le habían pagado por el seguro de vida de su esposa.
El recuerdo le hizo estremecer. Estaba débil. El sabor del gas parecía aún subirle desde el estómago. Los periódicos al hablar de su caso, se refirieron a él como un «pacto de muerte». Su roce tan próximo con ella lo dejó lleno de miedo. Faltó muy poco para que el suicidio fuese completo, ya que Ed Maloney nunca pensó en morir hasta que Mary le habló de ello.
Se bebió de un trago el whisky que le sirvieron y pidió otro. Por milésima vez se dijo que él no había matado a Mary. Lo único que hizo fue facilitarle el camino para abandonar la vida. Lo demás, el escenario, fue preciso. De nada hubiese servido que él muriese también. No habría podido hacerle compañía en la tumba. ¿Por qué debía él imitar la locura de su esposa, que se había cansado de vivir en la forma que vivían?
No era agradable recordar la vida durante los últimos meses. La mala suerte le había perseguido incansable, impidiéndole obtener ningún empleo. Tuvo que vivir de lo que Mary ganaba. Luego también ella tuvo que dejar el empleo. Faltaba solo un mes para que naciese el niño.
—No estoy dispuesta a tener ese hijo —había dicho Mary, con extraño brillo en los ojos—. No quiero traer a un mundo así a un hijo mío. Antes me mataré.
Pero el morir los dos no hubiese arreglado nada.
Maloney se repitió esto, mientras encargaba otro whisky.
A sus oídos llegó su propia voz diciendo, insidiosamente, a su mujer:
Toma esto. Son píldoras para dormir. Así no sentiremos la muerte. Estando dormidos será más fácil.
Mary aceptó las píldoras sin hacer ningún comentario. Él tiró disimuladamente las suyas.
¡Qué inmóvil había permanecido Mary mientras la habitación se iba llenando de gas! Él había permanecido con la boca pegada a una pequeña abertura de la ventana, esperando que los vecinos observaran él olor a gas. Cuando empezasen a golpear la puerta iría a tenderse al suelo.
Mary estaba completamente; inmóvil. Su pecho ya no se agitaba con la respiración.
—Ya esta muerta —había pensado.
Y de pronto la vio levantarse de la cama y correr hacia él, hacia la ventana. Quiso evitarla, y no pudo. Mary no le veía, pero chocó con él, haciendo que se hiriese la cabeza contra el antepecho de la ventana.
Por eso los vecinos los hallaron a los dos tendidos en el suelo.
—No creo que se salve —dijo el médico que los asistió en el hospital—. La mujer ha muerto ya.
Y con el dinero de la muerta estaba pagando ahora la bebida.
Era ya de noche cuando abandonó el bar. Llevaba mucho alcohol dentro, pero aún podía andar con bastante firmeza. Muy despacio, descendió a la estación del «metro». Se dirigía al nuevo piso alquilado. Por nada del mundo hubiese vuelto a la otra casa.
El andén estaba lleno de gente. Maloney se colocó bastante atrás. Alguien debió de empujarle, porque se encontró yendo hacia delante, hacia el borde del andén.
Frío sudor perló su frente. Seguían empujándole. Faltaban solo unos metros para llegar al borde, y en el túnel sonaba muy próximo el estruendo de las ruedas del tren que se acercaba.
Empezó a caer e intentó inútilmente agarrarse a alguien. Un empleado le sostuvo a tiempo, librándole por unos segundos de la muerte.
No quiso subir al tren. Retrocedió en busca de la salida, preguntándose quién le habría empujado. ¿Acaso aquella mujer que se alejaba también? Solo pudo echar una breve mirada a su rostro. Pero un hombre, junto al cual pasó en aquel instante la mujer, empezó a temblar, exclamando:
—¡Qué ráfagas tan frías soplan en estas estaciones!
Un miedo irracional se apoderó de Maloney. Salió del «metro» y corrió a otro bar. Bebió copa tras copa.
—Amigo, si sigue usted bebiendo así le aconsejo que coma algo —le dijo el camarero.
Maloney siguió la indicación. Cuando cerraron el bar, el camarero le ofreció.
—¿Quiere que llame un taxi?
—No, no. Gracias. Estoy bien. Prefiero andar...
Salió del bar. Al llegar a la esquina vio detenido un autobús. Subió a él. Los conductores de autobuses van con más cuidado que los de taxi.
Antes de que se diera cuenta de ello, el vehículo se puso en marcha. Maloney se dio cuenta de que no era el único pasajero. Una mujer se sentaba en el otro extremo del coche. Al verla, él se sobresaltó. Sin embargo, no pudo dejar de mirarla, atraída como por una fuerza hipnótica.
Le habría sido imposible decir exactamente su edad. ¿Diecinueve años? ¿Veintinueve? ¿Treinta y nueve? Tenía los pómulos salientes e iba chillonamente pintada. Era repugnante y sin embargo resultaba atractiva. Como...
Lentamente, la mujer volvió la cabeza y le miró, dirigiéndole una sonrisa. Maloney apartó la mirada. Se sentía helado hasta la medula de los huesos. Empezaron a castañetearle los dientes.
El autobús seguía, sin vacilar, su camino.
La mujer se había aproximado más. Le miraba con ansia, como con deseo.
Un pánico loco se apoderó del joven.
—¡Pare! —ordenó al conductor—. ¡Pare! ¡Quiero bajar!
El frenar del coche le precipitó hacia delante. Abrió la puerta y bajó como si escapara de un terrible peligro.
Quedó solo en la acera, viendo cómo se alejaba el autobús.
La mujer había desaparecido. No iba en el autobús ni estaba junto a él.
Fue entonces cuando un camión salió a toda marcha de una calle lateral y pasó ante el autobús, no chocando con él por menos de un metro. A no ser por la parada de unos segundos antes, el autobús se habría encontrado de lleno en el camino del potente camión.
Un terror pánico se apoderó de Maloney. Siguió a pie el camino hasta su casa, observando bien las calles antes de cruzarlas.
El encargado de los ascensores se había marchado ya. Tuvo que subir a pie. Iba muy despacio, diciéndose que estaba borracho y que veía visiones. El ejercicio le hizo latir con mucha fuerza el corazón. Le dolía un poco cuando llegó a la puerta de su nuevo alojamiento.
Cabecera
Entró, cerró tras él y dio la luz. Las lámparas brillaban opacamente. Los rincones de la habitación estaban llenos de sombras. Miró hacia un lado, hacia el gran sofá, y se dirigió, vacilante, hacia él.
Fue entonces cuando vio por primera vez a la mujer. Estaba en el umbral de la puerta, mirándole fijamente. Él se sentía demasiado cansado para huir. Además, le atraía la horrible fealdad de aquella mujer.
—Me ha costado mucho alcanzarte —dijo, la recién llegada—. Has luchado mucho por evitarme. Pero yo siempre acudo a aquellos que me citan. Debiste haberlo comprendido.
—¿Cita? —tartamudeó Maloney—. No tengo ninguna cita con usted...
La luz era tan tenue que casi no podía ver las paredes de la estancia. En cambio, veía claramente a la mujer.
—¿No te acuerdas? —siguió esta—. Tú y Mary me citasteis. Pero solo acudió Mary.
—Entonces... eres... eres...
Por un momento el terror fue más grande que el agotamiento. Lanzó un grito horrible y precipitose hacia la puerta. No pudo hallarla. La luz era debilísima. Solo había sombras. Las sombras le trastornaban, le envolvían, llenaban la habitación y al fin vencieron a la luz.
—Es el hombre que intentó suicidarse hace un mes —dijo el médico—. Hoy era el primer día que salía a la calle. Se ha emborrachado y luego ha tenido que subir a pie hasta un quinto piso. Tenía el corazón demasiado débil. No ha podido resistir el choque.
—De todas formas no se fue sin luchar —replicó el conductor de la ambulancia—. Los vecinos dicen que chilló, que se le oía desde los sótanos.
—Creí que le habíamos salvado —murmuró el médico—. Casi creería en el suicidio.
—No, más bien creo que la Muerte no quería soltarlo —rio el conductor.