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zealia brown-reed bishop
la maldición de yig (relato)
Walter Davis tenía un miedo cerval a las serpientes. Ese miedo lo llegó a transferir a su mujer, y una noche después de una fiesta, despertó el matrimonio con un rincón de la casa lleno de reptiles. Después ocurrió lo espantoso.
En 1925 marché a Oklahoma a fin de hacer un estudio acerca de las serpientes. Cuando regresé llevaba conmigo un terror a los reptiles que no me abandonará en toda mi vida. Reconozco que es una tontería, ya que todo cuanto oí y vi tenía explicación lógica; pero no puedo evitarlo. Si solo se hubiera tratado de la leyenda no habría sufrido ninguna conmoción. Mi trabajo como etnólogo indoamericano, me ha endurecido respecto a todas las leyendas por extravagantes que sean, y reconozco que los blancos superan en mucho a los pieles rojas en lo que se refiere a invenciones fantásticas. Pero no puedo olvidar lo que vi con mis propios ojos en el manicomio de Guthrie.
Acudí a ese manicomio porque varios de los más antiguos habitantes de aquellos lugares me aseguraron que allí encontraría algo interesante. Ni blancos, ni indios, como pude comprobar, dudaban de la existencia del rey de las serpientes. Los buscadores de petróleo, desde luego, ignoraban todas esas supersticiones; pero los indios y los blancos establecidos desde hacía tiempo en la región, se estremecían visiblemente cada vez que yo hacía referencia a ellas. No pasaron de seis las personas que mencionaron el manicomio, y aun esas procuraron hablar en susurros. Susurros que afirmaban que el doctor McNeill podría mostrarme una terrible reliquia y contarme todo cuanto deseara yo saber. Podría decirme por qué Yig, el ser mitad hombre, padre de todas las serpientes, es temido por todos en la parte central de Oklahoma y por qué los viejos hacendados se estremecen cuando en los últimos días de otoño las orgías de les indios llenan el aire con el batir de los tam tams.
Había pasado muchos años reuniendo datos de la evolución del culto a la serpiente entre los indios. Siempre había presentido que el gran Quetzalcoalt, dios benigno de las serpientes de los mejicanos, tenía un prototipo más viejo y terrible; y durante los últimos meses lo había comprobado ampliamente tras una serie de investigaciones que llegaban de Guatemala a las llanuras de Oklahoma. Sin embargo, aún no había podido encontrar nada concreto, pues en todas partes el culto a la serpiente se verificaba furtivamente.
De pronto todo parecía indicar que allí, en el manicomio, podría encontrar algo definido y, con una ansiedad que no trato de ocultar, me dirigí en busca del doctor McNeill. Era este un hombrecillo de rostro afeitado, de edad algo avanzada y que tenía conocimientos bastante extensos de otros asuntos, aparte de los de su profesión.
—Ha estudiado usted la leyenda de Yig, ¿verdad? —me dijo después de examinar atentamente la carta de presentación de un viejo colega.
Reflexionó durante unos segundos y al fin prosiguió:
—Sé que algunos de nuestros etnólogos han intentado establecer un lazo de unión entre Yig y Quetzalcoalt; pero no creo que ninguno de ellos haya descubierto los lazos intermedios tan bien como usted. Ha realizado usted un trabajo magnífico teniendo en cuenta su juventud, y por lo tanto creo que merece conocer todos los detalles que podamos facilitarle.
»No creo que el viejo Moore ni ninguno de los otros le haya explicado qué es lo que tengo en este manicomio. Ni a ellos ni a mí nos gusta hablar de ellos. Es muy trágico y horrible; pero nada más. Me niego a considerarlo una cosa sobrenatural. Cuando lo, haya visto le contaré la historia. Una historia horrenda; pero no fantástica. Solo demuestra el poder de la sugestión sobre cierta gente. No niego que a veces, al pensar en ello, siento un escalofrío de terror; pero a la luz del día lo achaco a que mis nervios no son ya los de un joven.
»La cosa que tengo en este manicomio podría llamarse una víctima de la maldición de Yig. Una víctima físicamente viva. No permitimos a las enfermeras que lleguen hasta su celda, aunque muchas están enteradas de lo que hay allí. Dos forzudos hombretones son los encargados de alimentarla y limpiar su celda. Antes eran tres; pero el viejo Stevens murió hace un par de años. Pronto tendré que buscar empleados nuevos; pues la cosa no parece envejecer ni cambiar, y nosotros, los viejos, no podemos durar eternamente. Acaso la ética nos permita darle la libertad de la muerte; pero esto es algo que ros repugna. Al fin y al cabo sería un crimen.
»Le llevaré hasta la puerta de la celda y, a través de un cristal, podrá ver la cosa. No es necesario que haga ningún comentario. Contemple el ser que hay allí dentro y dé gracias a Dios de que la luz interior no sea demasiado fuerte. Luego le contaré la historia o, por lo menos, todo cuando acerca de ella he podido reunir».
Bajamos muy lentamente por la escalera y atravesamos los corredores de la casi desierta planta baja. El doctor McNeill abrió una puerta forrada de acero y pintada de gris, que solo daba paso a otro pasillo, al final del cual veíase otra puerta, marcada B 116. Una vez allí, el doctor abrió una pequeña mirilla de cristal, a la cual llegaba solo poniéndose de puntillas, y golpeó varias veces la metálica puerta, como si deseara despertar al ocupante de aquella celda.
Al abrir el doctor la mirilla llegó hasta mí, por la abertura, un olor desagradable. Al mismo tiempo me pareció oír un tenue silbido en respuesta a la llamada. Por fin el médico me indicó que ocupara un puesto frente a la mirilla. Le obedecí con un injustificado y creciente temor. La enrejada ventana que se abría en el otro extreme de la celda, dejaba pasar a través de sus oscuros cristales, una débil e incierta claridad, y tuve que aguzar la vista para descubrir en el maloliente cuartito, algo que se arrastraba y retorcía sobre el suelo cubierto de paja, a la vez que emitía de cuando en cuando un débil y vacuo silbido. Poco a poco los sombríos contornos empezaron a tomar forma y noté que aquel ser reptante tenía cierto remoto parecido a una forma humana tendido sobre el vientre. Tuve que apoyarme en el tirador de la puerta para no caer al suelo mientras hacía desesperados esfuerzos por conservar el sentido.
Aquel reptilesco objeto tenía casi el tamaño de un ser humano normal, y estaba enteramente desnudo. También carecía por completo de pelo y su oscura espalda aparecía débilmente escamosa a la vaga luz de la celda.
Los hombros eran de un color bronceado, con numerosas manchitas, y la cabeza era curiosamente plana y sus ojillos tenían un brillo maligno que no pude observar mucho tiempo. Su mirada se clavó en mí con horrible persistencia y, no puniendo resistir más tiempo, cerré jadeante la mirilla y dejé a aquella criatura que se retorciera sobre la paja en medio de aquella luz espectral. Debí tambalearme, pues noté que el doctor me sostenía amablemente mientras me guiaba hacia su despacho.
—¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué era aquello? —iba yo repitiendo una y otra vez.
El doctor McNeill me contó la historia en su despacho particular mientras yo le escuchaba derrumbado en un sillón. El oro de la tarde se trocó en el violado del anochecer sin que yo pudiera moverme del sillón. Me irritaba toda llamada telefónica y maldecía a las enfermeras y médicos cuyas llamadas obligaban al doctor a dejarme solo durante unos minutos. Por fin llegó la noche, y sentí una inmensa alegría al ver que mi huésped encendía todas las luces. Todo mi celo científico había quedado olvidado, desplazado por un éxtasis de terror semejante al que experimenta el niño cuando junto a la chimenea, escucha cuentos de miedo y brujas.
Según parece, Yig, el dios serpiente de las tribus de la llanura central (y es posible que fuera la primitiva fuente de los dioses del sur Quetzalcoalt o Kukulcan) era un diablo medio antropomorfo, de naturaleza arbitraria y caprichosa. No era enteramente diabólico, y, usualmente se mostraba bien dispuesto hacia aquellos que prestaban el debido respeto a él y a sus hijas, las serpientes; pero en otoño se volvía anormalmente voraz, por lo cual era necesario alejarlo mediante los débiles ritos. Por ello los tam tams en los condados de Pawnee, Whichitax y Caddo, sonaban incesantemente desde finales de agosto hasta octubre, y por ello los hechiceros hacían extraños ritos con cascabeles y silbatos, curiosamente parecidos a los de las tribus aztecas y mayas.
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El rasgo característico de Yig era un cariño desenfrenado hacia sus hijas, un cariño tan grande que los pieles rojas no se atrevían a defenderse de las venenosas serpientes de cascabel que infestaban la región. Cuentan las leyendas que su venganza contra aquellos que se atrevían a levantar la mano contra alguna de sus hijas, consistía en convertirlos en serpientes.
—En los antiguos tiempos del territorio indio —prosiguió el doctor—, el culto a Yig no se llevaba en secreto. Las tribus del llano, menos cautas que las nómadas del desierto, hablaban sin reparo de sus leyendas y de sus ceremonias autumnales con los primeros agentes, con lo cual, gran parte de sus secretos fueron conocidos por los colonos que se establecieron ahí. El gran terror llegó hacia el ochenta y nueve, cuando algunos extraordinarios incidentes fueron susurrados, y los susurros se mantuvieron por lo que al parecer eran horrendas y tangibles pruebas. Los indios afirmaban que los hombres blancos no sabían tratar a Yig, y no tardaron los colonos en aceptar esa teoría como cierta. Actualmente ningún viejo habitante de Oklahoma, blanco o rojo, se atreve a hablar, como no sea en susurros, del dios de las serpientes. Y, sin embargo —añadió el doctor, con innecesario énfasis—, el único verdadero y auténtico horror fue una lastimosa tragedia y no un embrujamiento. Fueron hechos materiales y deplorables, y muy crueles, hasta el caso último que tantas disputas había promovido.
El doctor McNeill hizo una pausa y carraspeó antes de proseguir con el relate más importante. En aquel momento tuve la misma sensación que en el teatro, en el momento de levantar el telón.
—La cosa empezó —continuó el doctor— cuando Walker Davis y su esposa Audrey, abandonaron Arkansas para establecerse en los recién abiertos terrenos públicos, en la primavera de 1889. El final sucedió en la comarca de las Wichitas, al norte del río Whichita, en lo que actualmente se llama condado de Caddo. Hay allí un pueblecito llamado Binger, y el ferrocarril lo atraviesa; pero aparte eso, el lugar apenas ha cambiado. Se compone todavía de ranchos y granjas, ya que los campos petrolíferos no se encuentran cada día.
»Walker y Audrey llegaron del condado de Kranklin, en los Ozarks, en una carreta tirada por dos mulas y acompañados de un viejo e inútil perro llamado Wolf. En la carreta llevaban todo cuanto tenían. Eran jóvenes, y acaso más ambiciosos que la mayoría, y deseaban que el trabajo que allí hicieran fuese más remunerador que el realizado en Arkansas.
»En general su aspecto no era muy distinguido, y apenas se diferenciaban de los miles de colonos que acudían al nuevo Estado. Acaso la única diferencia que pudiera hallarse era el miedo epiléptico que Walker tenía a las serpientes. Algunos afirman que era innato en él, y otros decían que se debía a que un indio le pronosticó en su infancia que moriría mordido por una serpiente. Cualesquiera que fuesen las causas, los resultados eran notables, pues a pesar de su reconocido valor, la sola mención de una serpiente le hacía palidecer, y la vista del más pequeño de los reptiles llegaba a producirle un ataque epiléptico.
»Los Davis partieron hacia Oklahoma a primeros de año, con la esperanza de llegar a su nuevo hogar en la primavera. El viaje era lento, pues en Arkansas las carreteras eran malas y en Oklahoma no existían. Los indios y los colonos que encontraron mostrábanse muy amables y, como debido a la época no había muchas serpientes, Walker no sufrió mucho de su debilidad. Tampoco se enteró al principio de las leyendas de los indios, respecto a las serpientes, debido a que aquellas tribus que eran del Sureste no compartían las creencias de sus vecinos occidentales. Fue un blanco quien habló por primera vez a los Davis de lo referente a Yig. La leyenda produjo su efecto desastroso en Walker, que hizo un sinfín de preguntas a su informador.
»Al cabo de poco, la fascinación de Walker se había convertido en una obsesión de terror. Cada noche, en el campamento, tomaba las más extraordinarias precauciones, segando toda la vegetación que le rodeaba y evitando los lugares pedregosos siempre que podía. Todo lo que se movía por el suelo le parecía una serpiente, y toda figura que vislumbraba en la lejana era para él un posible dios de los reptiles, hasta que al acercarse se convencía de su error.
»Al aproximarse a la región de Kickapoo les fue cada vez más difícil evitar el acampar cerca de piedras. Por fin ya no pudieron evitarlo, y el pobre Walker se vio reducido a entonar alguno de los múltiples hechizos contra las serpientes que le habían enseñado los pieles rojas. Un par de veces fueron vislumbradas serpientes reales y esto no coadyuvó al mantenimiento de la serenidad del infeliz.
»En la vigésimasegunda noche de su viaje fue necesario, a causa del viento huracanado que soplaba, acampar al abrigo de un grupo de grandes rocas. Mientras su marido iba a colocar las mulas en un lugar más resguardado, Audrey examinó las piedras inmediatas a la carretera. De pronto notó un silbido que partía del lugar donde estaba tendido el viejo perro. Cogiendo un rifle avanzó hacia donde sonaba el silbido aquel. Al llegar allí dio gracias al Cielo por haber enviado a su marido con las mulas, pues delante de Wolf, entre dos piedras, había algo cuya vista no hubiera agradado en absoluto a Walker. Era nada menos que un nido de recién nacidas serpientes de cascabel.
»Ansiando evitar a su marido la desagradable sorpresa, Audrey cogió el rifle por el cañón y en un momento acabó a culatazos con todos los reptiles. Una vez terminada la faena limpió la culata del arma y se dispuso a ocultar el nido de las serpientes, para evitar que Walker lo viera al regresar. Debía apresurarse pues el viejo Wolf, reliquia de una mezcla de coyote y de perro lobo, había desaparecido, y la joven temía que hubiera ido a buscar a su esposo.
»El sonido de pasos probó cuán fundados habían sido sus temores. Un segundo más tarde Walker lo había visto todo. Audrey avanzó para sostenerle si se desmayaba, pero el hombre solo se tambaleó. El terror que habíase pintado en su rostro se fue trocando en ira.
»—¿Por qué has hecho esto? —preguntó—. ¿No te has enterado de las cosas que nos han contado de Yig, ese diablo de las serpientes? Debieras haberme avisado y nos habríamos retirado. ¿No sabes que ese dios de las serpientes se irrita si se mata a una de sus hijas? ¿Por qué crees que los indios danzan y tocan sus tambores al principio del otoño? Esta tierra está maldita. Todas las personas de sentido común que hemos encontrado nos han dicho lo mismo. Ese Yig es quien gobierna aquí, y cada otoño sale en busca de sus víctimas y las convierte en serpientes. Ningún indio de por aquí mataría una serpiente aunque le prometieran todo el oro del mundo. Es terrible pensar que te castigará por lo que has hecho, convirtiéndote una noche en serpiente.
»Hasta el final del viaje. Walker siguió con sus pronósticos de desdichas. Por fin, un indio, borracho de whisky, vendió a cambio de media botella de aquel líquido infernal, un amuleto contra Yig. Al final de la semana el matrimonio había llegado al lugar escogido, y se apresuraron a sembrar las semillas traídas, antes de preocuparse de la construcción de su cabaña.
»La región era llana, barrida por el viento, escasa de vegetación, pero prometedora de gran fertilidad debidamente cultivada. Al parecer no sabía por allí muchas serpientes, y por fin Audrey logró convencer a su marido para que construyera la cabaña sobre una enorme losa de granito. Con aquel suelo y una buena chimenea podían reírse de los vientos invernales.
»A su vez el joven ayudó a sus compañeros a levantar sus casas y pronto hubo entre todos una verdadera amistad. La población más próxima, si es que podía llamarse población al grupo de casas levantadas junto a la estación del ferrocarril, era Reno.
»De todos sus vecinos, los Davis encontraron más amables y simpáticos a Joe y Sally Compton, que, como ellos, también venían de Arkansas. Sally aun vive, y todos la conocen por abuelita Compton: su hijo Clyde, entonces un niño de pañales, está convertido hoy en uno de los hombres más importantes del Estado, Sally y Audrey se visitaban muy a menudo, pues sus cabañas estaban solo a tres kilómetros una de la otra; y en las largas tardes de primavera y verano, pasaban las horas hablando de Arkansas y de las cosas que se decían en la nueva región.
»Sally demostraba gran simpatía por Walker y su debilidad respecto a las serpientes; pero quizá inconscientemente hizo más para agravar que para curar el nerviosismo que Audrey iba adquiriendo a causa de las incesantes oraciones y exorcismos de su marido, que se pasaba el tiempo profetizando la maldición de Yig. Estaba siempre escuchando historias que le contaba Sally de serpientes, entre ellas la del hombre que fue atacado por tal legión de reptiles que su cuerpo, rebosante de veneno, acabó reventando. No hay que decir que Audrey se guardaba muy bien de repetir a su marido esas historias, y suplicaba constantemente a los Compton que evitaran hablar de reptiles estando presente Walker.
»El maíz sembrado por Walker había crecido de una manera magnifica, y el matrimonio estaba más que satisfecho de las buenas condiciones del terreno. El mismo Walker hubiera sido totalmente feliz si los lejanos tam tams de los indios, que habían empezado a sonar en cuanto llegó el otoño, no le hubiesen recordado la existencia en el mundo de unos seres tan desagradables como las serpientes.
»Como la cosecha de los demás colonos fue también espléndida, se acordó celebrar una fiesta en casa de alguno de ellos, como festejo del principio de su bienestar. Escogióse la cabaña de los Davis y una noche en que un viento helado barría la llanura, trasladáronse todos allí.
»Un alegre fuego ardía en la chimenea y la reunión duró hasta casi la medianoche. Puede decirse que todos fueron felices, hasta el mismo Walker, pues la música ahogaba el batir de los lejanos tambores.
»Al fin, todos los invitados se fueron, prometiendo volver a reunirse dentro de unos días en casa de los Compton. Al quedarse solos, Audrey y su marido se desnudaron apresuradamente, pues apenas pedían tenerse de sueño, y se metieron en la cama. Antes de apagar la luz, la joven notó que Wolf demostraba una inquietud y nerviosismo no naturales en un perro tan viejo; pero tenía demasiado sueño. Apagó, pues, la luz y antes de tres minutos Walker y ella dormían profundamente.
»Antes de acostarse, sin embargo, Walker había colocado un grueso tronco en la chimenea, cubriéndolo con cenizas para que ardiese hasta la madrugada.
El doctor McNeill hizo una pausa, se quitó los lentes, los limpió, como si deseara percibir con más claridad sus recuerdos, y siguió diciendo:
—Notará usted que mi relato se hace, a partir de este momento, un poco más vago, ya que me ha costado mucho ir atando los lazos de los sucesos que ocurrieron desde el momento en que los Davis se acostaron.
»Audrey tuvo horribles pesadillas en las, cuales Yig se le aparecía como un diablo de los que aparecen en los grabados malos. De una de estas horrendas pesadillas despertó encontrando a su marido completamente despierto y sentado en la cama. Parecía escuchar atentamente, e indicó a su mujer que guardase silencio.
»—¿No oyes? —preguntó al fin—. ¿No oyes algo que silba y se mueve?
»Ciertamente, hacia el fuego oíanse una serie continua de tenues silbidos. Audrey trató de analizar aquel sonido y de pronto quedó petrificada de horror al recordar otro muy semejante.
»—¿Crees que será la maldición de Yig? —preguntó temblorosa.
»Walker tembló.
»—No, no creo que se presente así. Dicen que su forma es de hombre excepto cuando se le mira de cerca. Así es lo que dice el Gran Jefe Águila Gris. Algunos bichos habrán entrado huyendo del frío. No son serpientes. Me levantaré y encenderé la luz para echarlos fuera antes de que se metan en la despensa.
»Walker se levantó, buscó la linterna, la encendió y permaneció inmóvil unos momentos mientras la luz se iba haciendo más fuerte. Durante unos segundos ni Walker ni Audrey vieron nada, deslumbrados por la claridad; pero cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a ella... El alarido que lanzó la joven conmovió la cabaña. Porque allí, junto al fuego, sobre el suelo de roca, la luz había descubierto una verdadera masa de movedizas serpientes de cascabel, que, en aquel momento volvían hacia la luz sus amenazadoras cabezas.
»Esta visión duró solo un momento. Los reptiles eran de todos los tamaños e incalculables, y, al parecer, de diversas variedades. Mientras los estaba mirando, dos o ties se levantaron sobre sus colas como dispuestas a herir a Walker. Audrey no se desmayó. Fue la caída de Walker, como herido por un rayo, la que apagó la linterna, sumiendo el cuarto en tinieblas.
»La joven dejóse caer sobre la almohada, incapaz de gritar, de moverse, de hacer nada y, sin embargo, perfectamente dueña de sus facultades mentales. Walker había muerto sin que ella pudiera ayudarle. Las serpientes le habían matado, como pronosticó la bruja aquella. El pobre Wolf no pudo hacer nada por ayudarle. Sin duda ni siquiera despertó cuando las serpientes le atacaron. Y ahora las restantes cosas aquellas debían de avanzar hacia la cama, cada vez más cerca. Quizá se estaban enroscando ya a las patas del lecho para subir por ellas. Tal vez se arrastraban ya sobre las mantas. Todos estos pensamientos danzaban locamente en el cerebro de la joven, que, temblorosa, se encogió debajo de las ropas.
»Debía ser la maldición de Yig. Este habría mandado a sus hijos contra aquellos que mataron a sus vástagos. Primero murió Walker. Pero ¡si él era inocente! ¿Por qué no la habían herido antes a ella? Ella fue la que mató a las serpientes. De pronto recordó cuál era el castigo que Yig daba a los que mataba a sus hijos. No los mataba: los convertía en serpientes. ¡Oh! Ella sería como aquellas cosas que había visto en el suelo. Aquellas cosas que Yig había enviado en su busca. Trató de murmurar el hechizo que Walker le había enseñado, pero no pudo pronunciar ni una palabra.
»El tic tac del reloj dominaba el enloquecedor batir de los lejanos tambores. Las serpientes tardaban mucho. ¿Se retrasaban a propósito, para acabar con sus nervios? De cuando en cuando le parecía notar una sinuosa presión sobre las mantas. Pero siempre resultaba ser creación de sus extenuados nervios.
»No era posible que aquellas serpientes tardasen tanto. Sin duda no eran mensajeras de Yig sino simples serpientes de cascabel que habitaban debajo de la roca y que habían subido hasta allí atraídas por el calor del hogar. No acudían en su busca. Tal vez se habían saciado en el pobre Walker. ¿Dónde estarían? ¿Se habrían marchado? ¿Estarían enroscadas junto al fuego? ¿Erguidas aún sobre el cuerpo de su víctima?
»De pronto le pareció oír un ruido. El reloj seguía con su tic tac. La joven hubiese dado cualquier cosa por saber la hora que era; por conocer cuánto tiempo le faltaba aún para terminar aquella enloquecedora vigilia. Maldecía su resistencia que le impedía desmayarse. En realidad, ¿qué alivio podría traerle el amanecer? Acaso pasaran algunos vecinos. ¿La encontrarían aún sana? ¿No sería una loca? ¿No estaría loca ya, en aquellos momentos?
»Mientras escuchaba con toda atención notó que algo había cambiado. Hasta después de bastante rato no comprendió lo ocurrido. Los habían dejado de sonar. Siempre le había crispado los nervios aquel continuo tam-tam; pero, ¿no lo consideraba Walker como un amuleto contra las fuerzas de Yig? En aquel repentino silencio había algo siniestro. El tic tac del reloj resultaba algo anormal en su nueva soledad.
»Al fin Audrey sacó la cabeza de debajo de las mantas y miró hacia la ventana. El amanecer debía de estar próximo, pues el cielo se recortaba con bastante claridad en la cuadrada abertura.
»Súbitamente, sin el menor aviso, Audiey oyó con toda claridad hundirse los dientes de uno de los reptiles en algo blando, seguido del fluir del veneno. ¡Dios! El recuerdo de los relatos de Sally, aquel olor tan repugnante, el hundirse en la carne de los colmillos. ¡Era demasiado! Los lazos del silencio se quebraron y la noche vibró con los alaridos de Audrey.
»La conmoción no logró hacerle perder el sentido. ¡Cuánto hubiera dado ella por que así fuese! Entre los ecos de su alarido, Audrey siguió contemplando el cuadrado de luz moteado de estrellas, y continuó escuchando el latido de aquel terrible reloj. ¿Oyó algún otro ruido? ¿Seguía siendo cuadrado el recuerdo de luz? ¡No! El trozo de cielo y estrellas no era ya cuadrado. Algo lo quebraba por la parte inferior. El tic tac del reloj no era el único sonido que se oía en el interior del cuarto. Había algo más, una respiración profunda, que no era la suya, ni la del pobre Wolf. Por fin, Audrey vio recortarse contra el cielo que se vislumbraba desde el lecho, una diabólica silueta, antropomórfica, ondulante, que avanzaba lentamente hacia ella.
»—¡Aaaahhh! ¡Vete! ¡Vete, maldito demonio! ¡Vete, Yig! ¡No quise matarlas! ¡Solo tuve miedo de que él se asustara! ¡Déjame, Yig; déjame! ¡No me convertirás en serpiente!
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»Pero la figura aquella, siguió avanzando hacia la cama. En un instante, en el interior de Audrey se verificó una completa transformación. De una aterrorizada chiquilla se convirtió en una loca furiosa. Sabía dónde estaba el hacha. Allí cerca, casi junto a la cama. Extendiendo el brazo podría alcanzarla. Sin darse verdadera cuenta de lo que hacía, se encontró con la pesada hacha en las manos. Se arrodilló en la cama y empezó a arrastrarse hacia la cosa que también avanzaba hacia ella. De haber habido luz hubiera podido verse la expresión de su rostro que, seguramente, debía ser algo horroroso.
»—¡Toma! ¡Toma! ¡Toma!
»Reía, chillaba, lanzaba alaridos de ira, mientras el acero caía una y otra vez sobre el ser que intentaba cogerla. Y entretanto, por la ventana penetraba una palidísima claridad, preludio del amanecer.
El doctor McNeill se enjugó el sudor.
—¿Vivió? ¿La encontraron? ¿Se explicó todo? —pregunté.
El doctor carraspeó.
—Sí, puede decirse que vivió. Y todo quedó explicado. Ya le he dicho que en el suceso no había nada de magia, solo horror.
»Fue Sally Compton quien hizo el descubrimiento. Dirigíase a la cabaña de los Davis, para ultimar los detalles de la próxima fiesta. Al no ver salir humo de la chimenea se inquietó, pues Audrey siempre estaba guisando algo. Las mulas relinchaban hambrientas, y no se veía la menor señal de Wolf, que siempre estaba a la puerta tomando el sol.
»Por todo ello Sally bajó de su caballo y tímidamente llamó a la puerta. No recibió contestación y esperó unos minutos antes de empujar la puerta, que se abrió lentamente Antes de entrar, la joven echó una mirada al interior. El espectáculo que presenció la obligó a apoyarse en el marco para no caer.
»Pues dentro de la oscura cabaña habían ocurrido cosas monstruosas, y tres objetos, tumbados en el suelo, hablaba de ello con toda claridad.
»Cerca de la chimenea estaba el enorme perro hinchado por el veneno que le habían inoculado las serpientes.
»A la derecha de la puerta veíase un hacha cubierta de sangre y, junto a ella, los restos de lo que había sido un hombre cubierto con una camisa de dormir en una de cuyas manos veíase una linterna rota. Y en el cuerpo de ese hombre no se notaba ni una sola mordedura de serpiente.
»Más allá, derrumbada en el suelo, se hallaba lo que hasta el día antes había sido una mujer; pero que en aquellos momentos era solo una criatura enloquecida que emitía intermitentemente cortos silbidos.
Tanto el doctor como yo nos secamos el abundante sudor que nos bañaba el rostro. Llenó un par de vasos y me tendió uno.
—O sea que Walker solo se desmayó, ¿verdad? —murmuré—. Los gritos de su mujer le hicieron volver en sí y el hacha hizo el resto.
—Sí. Pero de todas maneras fueron las serpientes las que lo mataron. Fue su miedo el causante de todo. Primero al producirse el desmayo; después, el miedo, que al fin había logrado inculcar en su mujer, hizo que esta le hiriera cuando creyó ver al dios de las serpientes.
Permanecí pensativo unos segundos.
—¿Y no es extraño cómo la maldición de Yig pareció al fin obrar sobre Audrey? Supongo que la impresión de las sibilantes serpientes debió de trastornar su cerebro.
—Sí. Al principio tuvo momentos de lucidez, durante los cuales fue explicando lo ocurrido; pero estos momentos se fueron haciendo cada vez más raros, hasta cesar.
Su cabellera se volvió enteramente blanca y más tarde se le cayó. Cuando murió, su cuerpo aparecía moteado como...
—¿Murió? —pregunté, sorprendido—. Entonces, ¿qué era la cosa que hemos visto abajo?
McNeill habló gravemente.
—Aquello es lo que nació a los nueve meses de los sucesos de la noche aquella. Había tres más, dos de ellos peores que el que usted ha visto. Pero de los cuatro solo vivió uno.